Esto no es Berlín

Adiós, buen domingo

Dani Treviño

Daniel Treviño es músico y escritor. Su actividad musical, con sus diferentes proyectos, le mantiene ocupado todo el año. Es muy fan de la mezcla entre el relato corto y la cotidianidad, de confundir las “autoficciones” y la realidad. Profundamente barrionista, entre sus mayores méritos están el no haberse roto nunca un hueso, haber aprendido a dormir en el suelo y no tomar café. “Adiós, buen domingo” es su primera recopilación de relatos. Pueden estar basados o no en hechos reales, aunque eso no importa. Aquí parte de uno de ellos:

El acto de fe

Un día después de aquel entierro estábamos en silencio comiendo asado de verduras en la cocina mis padres, mis hermanos y yo y de repente calló un hielo del techo. Un cubito de hielo normal, ni muy grande ni muy pequeño. Un cubito de hielo de enciclopedia. Hizo ¡tac!, rebotó dos veces y se posó encima de la mesa. Desde el techo. Un cubito de hielo. No una traza de gotelé ni un desconchado de pintura ni una bombilla ni un tornillo de la lámpara ni una mosca muerta. Un cubito de hielo. Del techo.

Todos miramos arriba. Naturalmente, solo había una lámpara y un techo ligeramente agrietado de color huevo. Pero ninguna dispensadora de cubitos de hielo ni un iceberg ni el culo de un pingüino.
—¿Qué ha pasado? —preguntó mi hermana.
—No estoy seguro.
—Ha caído del techo.
Luego miramos el cubito de hielo. Era un cubo de hielo normal, insisto.
—Hay que meterlo en un tupper —ordenó mi hermano—. Probablemente sea un alienígena.
—En tal caso es muy posible que venga de Marte. Hace poco encontraron hielo allí.

—Si no lo metemos en el frigorífico, se derretirá y se morirá —dijo mi hermana.
—De hecho, no lo metas en un tupper —mi madre ya estaba rebuscando en el armario sobre el fregadero—, mejor envuélvelo en papel de plata.
—¿Para qué?
—¿No has visto Señales? —dijo mi hermano—. Hay que hacerlo así o sus ondas interferirán con las nuestras. Así nos inmunizaremos de su poder telepático.
—Lógico.
—En 2001 o en todas las pelis de ciencia ficción todo está envuelto en papel de plata o algo que se parece mucho —lo cual era muy cierto—. Eso tiene que tener un porqué.
—Voy a llamar al albañil —dijo mi padre. Y se fue a hablar por teléfono. Estuvo gritando en el salón durante cuarenta y cinco minutos y cuando volvió dijo: —mañana a las diez y media viene el albañil. Así que como ninguno —nos señaló a mis hermanos y a mí—
tenéis nada mejor que hacer en vacaciones salvo rascaros los cojones a dos manos, espero que estéis en casa para abrirle la puerta al albañil. O la vamos a tener.

Iba en serio. Tenía el rostro rojo como un tomate. Después se fue al salón a ver reposiciones de Eurovisión en su nuevo juguete favorito: el Apple TV. Se quedó dormido a los cuarenta y cinco minutos. La televisión se mantuvo encendida con la música sonando y la purpurina y las bolas de discoteca y el pop sueco en su máximo
esplendor hasta que mi padre se despertó a las dos y media para irse a la cama…

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