Esto no es Berlín

En la pescadería. Por Joseph Wilson.

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Todos lo hemos visto. El guiri embobado por la belleza de los pescados. Como si presenciara una epifanía. Coge el móvil para sacar una foto, pero antes de disparar, el pescadero interrumpe la compra de un cliente para reñirle. Le dice al extranjero que no se puede sacar fotos de la parada. Se lo dice con orgullo, como si velara por la dignidad de su profesión.

El problema es que esta vez soy yo el que recibe la bronca. Pienso en explicarle que no soy turista, que he escrito un poemario llamado El rosa en los flancos de las truchas y que solo quería una imagen de mi libro delante de otras truchas. Pero no le digo nada. Guardo mi móvil, mi libro y mi lengua.

Suelto algo sobre todo el dinero que he gastado en este supermercado (sí, ni siquiera era un mercado de verdad) a mi mujer que me espera, con media sonrisa dibujada en la boca, al lado de los barriles de aceitunas. ¡Pero los turistas no vienen hasta nuestro barrio tan alejado del centro de Barcelona! Y así hasta que paso a planificar mi pobre venganza: compraré una trucha, la mejor trucha que haya, y me sacaré tantas fotos que me dé la gana.

Luego, ya en frío, me doy cuenta de que el maldito pescadero tenía razón. Soy extranjero y soy un aficionado a pasear por las pescaderías. A veces compro y a veces solo miro. Pasan los años y no pierdo mi fascinación por las bocas abiertas, los ojos planos y los colores. ¡Los colores! La tinta que empapa la sepia, la lila del calamar y el toque rosado de la trucha. Lo admito. Soy un mirón de los pescados.

Pero hay algo más. Creo que tiene que ver con el límite en el que la vida deja de ser la vida porque las pescaderías son el último sitio donde la mayoría de la gente, o sea la gente de ciudad, podemos ver lo que comemos en su estado más cercano a la muerte y, paradójicamente, a la vida. Los cuerpos que yacen sobre los lechos de hielo no han pasado por ningún proceso de desfiguración previa. Casi todos nos llegan enteros. Tal como fueron sacados del mar o río. No hay otra clase de comida igual. Lo más cercano al lenguado, dorado o a la merluza son los conejos ya despellejados en la carnicería.

Si te paras y te pones a mirar un rato, no es en absoluto raro que un individuo robusto, un sobreviviente entre el montón de langostinos yertos, te haga una señal para pedirte socorro. A veces es solo el levantamiento lento y apenas perceptible de una antena o pierna, como si gastara su último esfuerzo en señalarte a ti como su salvador. En cambio, no se puede hacer nada por los pescados. Así que las truchas, tan mansas, como si fueran las buenas de la historia, relucen para decirnos que aunque hubieran preferido no morir, lo bello puede sobrevivir a lo terrible.

Igual Rilke dijo una media verdad.

 

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